domingo, julio 23, 2006

El ataúd de los gritos

No era ahora cuando tocaba. ¡No podía ser! Se había jurado no volver a caer a menos que la luz la vistiera de rojo. Y ahora, sus reflejos eran púrpuras. Sintió una leve punzada en el pecho, como si un alfiler hubiera penetrado una escasa parte de su piel. Cayó arrodillada, la mirada posada en el suelo. No se atrevía a alzarla, no podía. El dolor no hacía más que aumentar. Entonces fue cuando sintió cómo, por ese minúsculo agujero del que no manaba sangre, comenzaron a brotar dos mil palabras ensangrentadas, agujereadas, ligeramente podridas. La extraña armonía del texto de su ser se quebró cuando ella empezó a gritar. Y gritó, gritó, gritó hasta que los gritos se convirtieron en susurros. Había conseguido matar todas las palabras salvo una, que prefirió guardar en el pozo de su corazón.

miércoles, julio 19, 2006

Duerme sólo en el valle


Méceme en la cuna del olvido. Susúrrame palabras en forma de espinas. Mírame con ojos de cristal. Abrázame con pétreos brazos. Llora lágrimas ácidas sobre mí. Y niégame que odiarías cambiar olvido por eternidad, espinas por pétalos, cristal por terciopelo, pétreos por tiernos y ácidas por dulces.
Anhela mi alma, despierta y piérdeme contigo. Llévame al valle perdido. Luego duerme, duerme dentro de mí.


Fotografía de Peggy Washburn

domingo, julio 16, 2006

La penumbra del teatro olvidado

El rostro frágil de Ella seguía frente al espejo, duplicando una imagen que seducía a Él. O eso quería creer Ella. Él… ¿Qué era de Él? Tan lejano, tan distante, escondido en el rincón más profundo de la asfixiante habitación. Miles de segundos los separaban. Él andaba escondido, perdido, asustado, sin saber a dónde ir. Ella, paralizada.
Necesitaba volver a ser la actriz principal de aquella actuación. Las luces del teatro se habían apagado. Quizás debiera conformarse y actuar bajo las sombras. Quizás debiera reprimir las ansias de volver a improvisar bajo las tenues luces de su paradójicamente amado teatro.
Fotografía de Fernanda Verón

sábado, julio 15, 2006

...Vuelve


No hizo falta decirle que se callara. Se calló. Y luego cayó. Tan sólo un milímetro, pero fue suficiente para que se diera de bruces contra la cruda realidad. Se levantó. No dio más de dos pasos cuando llamaron a la puerta. Su mirada atónita se paró como las agujas de un reloj que, poco a poco, muy lentamente, mueren momentáneamente (o tal vez de por vida) y dejan de señalar el paso del tiempo. No podía creerlo. Era Recuerdos. Estaba allí, a tan sólo un suspiro de ella. Cerró la puerta de súbito. En cuanto lo hizo supo que, por mucho que cerrara la puerta, Recuerdos iba a quedarse allí, sin inmutarse, esperando una nueva oportunidad para colarse por la puerta de su alma.

Fotografía de Fernanda Verón

miércoles, julio 05, 2006

Efímera Belleza


Qué frágil es la belleza, me repetía una y otra vez. Incluso la belleza de la frase me parecía tan vulnerable que apenas podía pronunciarla por miedo a romperla en mil pedazos.
Qué bello sería si no fuera un pasajero, un caminante que decide andar y andar y andar... sin saber a dónde ir. Sin un rumbo. Sin un norte.
Mientras, todo giraba en torno al Norte. Y las noches morían, disfrazadas con mantos efímeros y casi tan frágiles como la belleza misma.