
Qué frágil es la belleza, me repetía una y otra vez. Incluso la belleza de la frase me parecía tan vulnerable que apenas podía pronunciarla por miedo a romperla en mil pedazos.
Qué bello sería si no fuera un pasajero, un caminante que decide andar y andar y andar... sin saber a dónde ir. Sin un rumbo. Sin un norte.
Mientras, todo giraba en torno al Norte. Y las noches morían, disfrazadas con mantos efímeros y casi tan frágiles como la belleza misma.
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