domingo, julio 23, 2006

El ataúd de los gritos

No era ahora cuando tocaba. ¡No podía ser! Se había jurado no volver a caer a menos que la luz la vistiera de rojo. Y ahora, sus reflejos eran púrpuras. Sintió una leve punzada en el pecho, como si un alfiler hubiera penetrado una escasa parte de su piel. Cayó arrodillada, la mirada posada en el suelo. No se atrevía a alzarla, no podía. El dolor no hacía más que aumentar. Entonces fue cuando sintió cómo, por ese minúsculo agujero del que no manaba sangre, comenzaron a brotar dos mil palabras ensangrentadas, agujereadas, ligeramente podridas. La extraña armonía del texto de su ser se quebró cuando ella empezó a gritar. Y gritó, gritó, gritó hasta que los gritos se convirtieron en susurros. Había conseguido matar todas las palabras salvo una, que prefirió guardar en el pozo de su corazón.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No hay parto sin dolor, y este, desde luego, ha sido de lo más sangriento.

Abrazo orgiástico.

Laura Escuela dijo...

¿De verdad me dejas sin saber cuál es esa palabra?
Un besaso